Fuegos extinguidos

Para todos aquellos que pregunten,
todavía me cuesta contar mis largas historias.

Aún me duelen los miedos que arrastra mi espalda. Los mismos que me despiertan por la noche a voces para decirme que no, que tú no vas a volver.

Mi mente asegura que no pudiste ser un cuento y, entretanto, se entretiene contándole a las estrellas los segundos que me quedan así.

Un día, estuvimos tan cerca de ellas que se callaron. Silenciaron sus suaves murmullos para mirarnos atentas y, a tientas, buscar nuestra luz.

Pero nos apagamos mucho antes de extinguirnos y, en el suelo, quedaron marcas de tiza y ceniza donde cometimos aquel crimen: matamos la magia entre los dos y quemamos el rastro de nuestra voz.

A veces, me concentro y te oigo gritar que me quieres y, aunque me hiere, me miento y creo que es así. Aunque hace mucho que de ti no escucho ni el eco.

Paradójicamente, me arde más la ausencia de tu piel, que el fuego de tu alma cuando todavía la tenía cerca. Y lo echo de menos.

Sentía vértigo contigo y, ahora, también lo siento sin ti.
Yo, que no imaginaba mi vida sin tu calor
y que ahora vivo rodeado de frío.

La chica del chubasquero amarillo.

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