El olvido es un mito

Se han dado de sí los recuerdos, se han desgastado las fotos y aquel libro con dedicatoria que le regalaste coge polvo en la estantería.

Cuando lee tus cartas, escucha tu voz. Por las noches dormida, sonámbula, viaja de nuevo a los sitios en los que contigo agarró la vida.

Sus “no me acuerdo” son siempre mentiras disfrazadas de orgullo, bombas de humo usadas para esconder todas las lágrimas.

Y a sí misma todas las mañanas se convence de que, si te ve en la calle, no bajará la mirada. Que hará frente a lo que tenga que ser, aunque el corazón solo le pida huir.

Como El Principito, ella también suele ver las puestas de sol cuando está triste. Al parecer, de noche la distancia no duele tanto, porque se desdibujan la líneas del horizonte.

Los paseos se hacen insoportables, sobre todo cada vez que se mira las manos y las tuyas ya no están. En el metro sigue bailando sola con la música en los transbordos, imaginándote con ella.

Ella, cuyo sueño ha sido siempre dejar una marca en la historia, siente que tú, su mayor oportunidad para cumplirlo, se le ha escapado entre los dedos.

La sombra de su cobardía la persigue, noche y día. Y al abrir la ventana, se cuelan en su interior vestigios salvajes de melancolía.

Se nota como pasan los días, pero la vida no sigue.

Y, cuando cierra los ojos y te ve,
entiende que vosotros sois para siempre,
aunque no estéis juntos nunca más.

La chica del chubasquero amarillo.

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