Veranos encerrados

Los que la contemplábamos desde fuera sólo podíamos ver una piedra sobre otra, un muro infranqueable. Si prestábamos la debida atención, podíamos escuchar en su boca el más ensordecedor de los silencios.

Su piel era tan blanca que muchos la comparábamos con el invierno, con la fría nieve y con los témpanos de hielo que pueblan los mares del Ártico. Algunos aseguraban haberla visto al sol derritiéndose por los ojos.

No obstante, ahí estaba una vez más: quieta. Ni siquiera el breve pestañeo de sus párpados provocaba el menor ruido. Si la mirabas, o veías todo, o no veías nada. Para la mayoría, lo segundo era lo más común.

Su mirada era un placer doloroso, un oxímoron, una antítesis, un antónimo. Yo, que decidí acercarme a la literatura, entendí que algunas cuestiones preferían quedarse sin responder o declararse inciertas. Como ella.

Todas las tardes solía mirarla de reojo, por miedo a convertirme en una estatua de sal. Sin embargo, estudiaba sus movimientos desde lejos, para no asustarla.

Esa costumbre mía de buscarla, de necesitar descifrarla, me llevó a pensar que el mundo estaba enfermo, que si ella, tan bella, ya no poseía, ni calor, ni poesía, empezaba a consumirse la esperanza.

Atraído por la curiosidad y las ganas de que mis pensamientos no fueran verdad, me armé de valor, me di la vuelta, agarré sus manos y nuestros dedos se besaron entre ellos. “Eres muy fría”, le dije.

En aquel momento su sonrisa llenó toda la habitación y descubrí que, en su boca, había encerrados más de veinte calurosos veranos.

La chica del chubasquero amarillo.

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