Ven conmigo (vademécum)

Me encanta como, al rozarles la piel, inundan la habitación con su particular risa. Con esa sonrisa de satisfacción de quién sabe que está haciendo algo bonito: despertar nuestro deseo de aprender.

Son como niños juguetones que juegan a esconderse dentro de nuestras mochilas, en las estanterías, apilados unos encima de otros, o solos, debajo de un cojín en el sofá.

Su tan extensa imaginación es, irónicamente, inimaginable. Nunca sabes con qué historias te van a sorprender, ni lo que se esconde debajo de su lengua, atascado en sus gargantas.

Cada uno tiene un nombre distinto y no a todos se les trata igual. De profesión única, los solemos segregar. Unos los cuidamos más y algunos tienen los márgenes pintados y las extremidades rotas.

Los hay de todos los colores y tamaños, pero, si hay algo que tienen en común todos, eso es su olor. Recién nacidos huelen a nuevo y a territorio inexplorado; los más antiguos huelen a experiencias y a todas las vidas que han visitado.

Son la perfecta cura de nuestra ignorancia, de nuestro dolor, de nuestro hastío y, a veces, incluso son la cura de nuestras noches de insomnio.

Son, además, el arma más poderosa que existe. Pasar tan sólo un día en la compañía de uno de ellos puede significar el olvido de muchas de tus cicatrices. Esa pizca de locura que nos anima a seguir andando, cuando todo a nuestro alrededor es demasiado cuerdo.

No son para nada egoístas: una vez que llegamos a conocerlos, y nos sentamos a tomar un té a su lado en el sofá, la magia que poseen en sus corazones pasa, automáticamente, a estar también en los nuestros.

No entienden de tiempo, ni de calendarios. Están vestidos de eternidad y, aunque nosotros perezcamos, ellos permanecerán siempre en algún sitio, esperando ser encontrados de nuevo.

Adoro su peculiar crueldad, esa con la que son capaces de destrozar nuestros múltiples silencios y nuestra rutina. Su capacidad para amar con el alma y no sólo con sus palabras.

“Ven conmigo” es su nombre más bonito, porque es exactamente el único deseo que tienen y el único propósito de su nacimiento. “Ven conmigo, y te cambiaré la vida”, añadiría yo, porque para eso son perfectamente idóneos.

Feliz Día del Libro, lectores.

La chica del chubasquero amarillo.

3 respuestas a “Ven conmigo (vademécum)

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