Amor propio

Ella se dio cuenta de que había dejado de hacer todas aquellas cosas que le daban a sus ojos un brillo especial. Y en ese momento comenzó el cambio.

Reflexionó en todas las veces que quiso quedarse queriendo irse, porque, en realidad, sabía que esos no eran los sitios donde debía estar.

No quiso dar marcha atrás en el reloj, sino volver a darle cuerda. Seguir de la mano de quien tantas veces la había visto llorar…

…y no había huido, de quién saltó al vacío con ella creyendo firmemente que sí que podían volar.

Ha aprendido que los puntos suspensivos nunca fueron tan buenos y que un punto final a tiempo es siempre una batalla ganada.

En su vida conoció muchos cobardes. Decían saber lo que era el amor y la hacían, por fin, creer en él…

…para que al día siguiente se despertase en una triste cama vacía y con un hueco enorme en el pecho.

Entonces decidió luchar por ser libre y dejar atrás todo lo que no le hacía bien: situaciones, personas, cosas… Desprenderse de lo efímero para quedarse con lo eterno.

Unos la llamaron egoísta, otros valiente. Ella se llamó amor propio. Y es que, por encima de todo, a quien le tienes que gustar es, sólo y exclusivamente, a ti mismo. Todos los días.

Finalmente, sin pensárselo más de lo necesario, llenó su maleta de valor y voló. Bien lejos, pero siempre con esa sonrisa en la cara.

La chica del chubasquero amarillo.

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